jueves, 16 de agosto de 2007

“Pasados negros que configuran presentes grises mirando hacia futuros blancos”.. Parte I

Qué poco convincentes se hacen las palabras de hoy en día cuando vuelvo a leer aquellas que dije hace mucho tiempo; cuando el presente era el reflejo de la desesperación absoluta, de la fobia a la soledad autoinducida, la urgencia de depender a costas de traicionar toda lealtad con mi corazón, de escudar aquellos miedos de antaño que desvelaban hasta las noches más hermosas y un sinnúmero de negras características para reflejar aquel desagradable minuto de la existencia que, por esos días, parecía ser el precio que debía pagar eternamente por haber cometido un crimen.
Qué traición a mi destino haberme convencido de aquella falacia, aunque fuera el tiempo mínimo de la existencia de una sensación; del secreto a voces de que aún no era tiempo de olvidar aquella otra historia inconclusa que ensució desde la base lo que pretendía y sólo consiguió hacerme engañar a todos los tiempos: al pasado por no reconocer que todavía no lograba llamarse así; al presente por serlo a costas de una mentira; y al futuro –es decir, hoy- por restarle importancia a cada una de mis confesiones más íntimas.
En cambio, existen otras palabras, incluso más antiguas que esas, que debo reconocer corresponden a la verdad absoluta de todos los tiempos, a la que hoy apelo –aquí una aclaración: la verdad absoluta como muestra más sincera y real de un sentimiento- y aquella que se mantuvo oculta cuando el cerebro gobernaba al corazón y lo obligaba a mentir pretendiendo un equilibrio recién conocido luego de que saliera el sol por la ventana después de una larga noche… esa primera vez.

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